¿Qué tan alto?
La proliferación de lo igual es lo que constituye las alteraciones patológicas de las que está aquejado el cuerpo social. Lo que lo enferma no es la retirada ni la prohibición, sino el exceso de comunicación y de consumo; no es la represión ni la negación, sino la permisividad y la afirmación. El signo patológico de los tiempos actuales no es la represión, es la depresión. La presión destructiva no viene del otro, proviene del interior.Byung-Chul Han (2017)
Hablar del dolor, de lo prohibido, lo raro o lo negativo, hoy en día sino lo romantizamos o no se vende, lo repelemos, no se lo acepta en la sociedad y peor aún, en lo personal. Pensar que hoy en día, la búsqueda de sentido al quehacer cotidiano, cada vez se torna opaco o turbio, al querer alcanzar una búsqueda de individualidad, de reconocimiento, de sobresalir, de “hacer algo” y no “ser alguien”. No nos cuesta aferrarnos a pensamientos y discursos coloquiales por defendernos, nos cuesta bajarnos del lugar que estamos y subir al lugar que queremos. Hacer algo es enfrentar a no ser aceptado y luchar contra un presupuesto monetario vs “ser alguien”, es enfrentar una presión interna que muestra rasos autodestructivos. ¿Qué tanto queremos hacer para ser reconocidos? ¿Qué tan alto debemos estar para sentirnos aceptados?
La lucha por la diferenciación o la búsqueda de exclusividad nos ha llevado a caer en una réplica de algo o alguien. Nos hace pensar en esa búsqueda de narcisismo colectivo, en una individualidad impuesta, capaz comprada o apropiada del otro. Jugar a vivir de una forma distintiva a los demás, hace pensar en el ausente presente que se vive sobre el olvido, el olvido de “sí mismo” y de un encuentro real con sí mismo; no olvido por querer, sino por no poder. De a fuera nos confunden y de adentro no podemos ver. Con tanta información no nos informamos, aprendemos o reflexionamos, sino que buscamos algo que reafirme nuestro capricho.
Hoy en día el cuerpo es un medio que refleja más estados políticos y económicos que artísticos, espirituales e ideológicos que constituye la visión de los fenómenos sociales y personales, que no busca una venta y un valor, busca al dueño del disfraz que lo arrojó. La hipercategorización de las cosas y los discursos de poder, no pretende diferenciarnos o hacernos exclusivos sino ser iguales a un molde global. Lo raro, para que sea digerible en el discurso social, se romantiza y se cuenta desde lo asombroso, el valor que alcanza, algo inédito o envidiable. Capaz podamos adaptarnos al capital, pero no dejarnos llevar por él.
Pensar que la vida es “para el más vivo” – discurso coloquial- nos lleva a una competitividad interminable egocéntrica; siempre hay algo “más” por dar, algo “más “por hacer, algo “más “que tener, con necesidades que no responden al vivir cotidiano que como humanos atravesamos día a día con sus distinciones contextuales. Es cuestionable, la infinitud de expectativas que podemos crear para nosotros, pero cuáles son construidos acorde al vivenciar y cuáles se quedan en imaginario del mercado, que nos aleja de lo propio y lo ajena a sí mismo “enajenando al ser humano de la unidad de su experiencia cotidiana” (Maturana, 1995, pg. 3)
El exceso de positividad nos permite esconder el lado vulnerable, transparentes, imperfecto, doloroso, y frágil que somos. Conociéndonos del otro lado, nos permitirnos “ser” frente a los demás y con sí mismo. Después de todo, No se trata de despertar el egoísmo, el individualismo o el narcisismo que busca el poder con violencias y moldes sin fin, sino una flexibilidad personal, social, ambiental, ideológica, artística, espiritual y pasional que nos caracterice como singulares dentro de una pluralidad. Al buscar y querer llegar a lo más alto de los demás nos olvidamos de escucharnos, sentirnos, conocernos y poder aceptar a los demás en su totalidad y más aún a uno mismo. ¿Qué tan alto queremos estar para empezar a “ser”? ¿Qué tan alto queremos llegar para empezar a sentir?
Una reflexión más al sin sentido que cada día sumerge en su laberinto.
Que nos lleva a lo más alto, lo inalcanzable.
Tan alto que no sabemos si estamos arriba o abajo.
Nos dejamos al olvido.
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