Hace unos meses tuve la oportunidad de conocer un (consultante, persona, ser humano), posiblemente uno de los retos más importantes en mi corta carrera profesional y personal. Implicó mucha investigación, supervisión, cafés con colegas y un par de personas que, sin ser expertos, orientaron mucho el norte al cual decidiría remar posteriormente. Para lo último, claramente puede ponerse en juicio, en sobremanera, la ética de la práctica profesional, pero me excuso y me escudo en que este proceso implicó más que lo profesional; además, la identidad de este individuo nunca fue revelada en ningún caso, salvo en los espacios éticos creados.
Con esta aclaración me permito continuar. Hay muchos datos que voy a omitir e intencionalmente ignorar porque siento que llenaría de puro ruido esta reflexión, que más allá de intentar ser un acierto en la práctica personal y profesional, son errores, desaciertos y desconocimiento. Un lugar que me permito admitir constantemente, está presente cuando ese otro se configura como lo que es: un otro real, genuino, sincero; un otro que no sabe por qué va ni para qué, solo sabe que tiene que ir a ese espacio del experto donde, por experticia profesional, algo va a pasar, con confianza casi enajenada porque muchas veces esto se vierte de una recomendación más que de la silla, sillón, acera o banca en la cual se posiciona. Mi ánimo no es ser descriptivo, pero de forma intencional me pongo a dar opciones que flexibilicen el espacio en el cual existe una pregunta y el ser profesional/personal se pone en juego.
Bajo este marco de características aparece algo, un algo que hasta ahora no me permito nombrarlo porque decir que es empatía o sensibilidad solo va a dejar sobre la mesa mi profunda ignorancia sobre la humanidad. Ese algo, que no lo voy a nombrar pero describiré, aparece pateando la puerta, la principal, corriendo los muebles y tan disruptivo como molesto. En muchas ocasiones se siente en la carne y en otras muchas en el espacio; ajusta la relación y la desajusta de vez en siempre porque para eso está, y moviliza tanto que aflora la ternura, el amor, la identificación, la frustración y el dolor. Evito decir llanto porque el rol solo lo permite tras bastidores, o eso es lo que me han enseñado.
De forma casi intencionada, las primeras líneas de esa narrativa propusieron retos, y no es que intentaran serlo, solo aparecen porque crean representaciones casi desajustadas de lo común, de lo esperado, de lo que un día el ser profesional/personal creyó estar seguro y conocer, hasta sus costuras más profundas. Qué ignorantes; este ni siquiera, muchas veces, puede reconocer las propias, y son estos espacios donde todo aquello se pone en juego y empieza el baile de los pies izquierdos. Un baile que no se termina de bailar porque la música de fondo casi nunca está en ritmo con el cuerpo, porque como si fuera poco, eso se espera. El cuerpo es una herramienta.
Empezamos hablando de los eventos, de las percepciones, de los errores y de las razones por las cuales era necesario que, en esta línea temporal, ese ente ocupara la silla de acusado y no la del acusador. Capítulos posteriores me pregunté: ¿acaso no es suficiente con que se le invisibilice? ¿Ahora incluso debe acudir a alguien más que lo castigue? ¿Que le recuerde todo lo que no se ajusta con la sociedad, que le repita que es lo peor que le ha pasado a esa manada y que sea tan cruel como amoroso para desestructurar un esquema a tal punto que el único reflejo que queda es la huida, porque si no fuera instintivo casi que se quedaría sin opciones?
Tuvieron que pasar varios encuentros hasta que realmente nos desencontremos y nos "des-resonemos", pero durante todo este tiempo la matrix había hecho su trabajo: me vistió de seda, me compuso una sonata y me compró comida para que callara. El silencio marcó su precio y su temporalidad. Qué susceptibles somos en el rol. Terminé convencido de que tenía que hacer algo y me involucré en un ejercicio técnico en el cual solo aparecían errores. En este punto dirás… pero es tan simple como conocerse con el otro de forma genuina o, como los gurús del siglo 21 dicen: conectar. Permíteme decirlo de nuevo: qué ignorantes que somos.
Desde mi punto de vista, ese ejercicio, por más sencillo que parezca, es uno de los más complejos, porque no solo implica darle un lugar, no solo implica reconocerlo, no solo implica ser empático y sensible, no solo es, y lo grito: “no SOLO es eso”, porque tan desajustados estamos los más cuerdos que creemos que el espacio del rol es un espacio genuino.
Qué tan formal y coherente debo parecer para que el acusado se sienta cómodo, sienta que lo escucho e incluso sienta que lo aprecio, un aprecio que cuando vulnera las fronteras personales cae en un juicio casi interminable. En ese sentido, ese algo aparece necesariamente para mostrarnos el camino, para incomodarnos y comunicarnos que por más técnicos que seamos, las barreras se rompen y el espacio debe ser vulnerable incluso para nosotros, no para el rol.
La mezcla entre el dolor, la vulnerabilidad, la alegría, la satisfacción, la comodidad e incertidumbre casi que componen un algo, porque por más que trato de entenderlo y darle un nombre es imposible, más cuando vuelvo al relato del caso. Eso solo pasó cuando el rol se dejó de lado, los libros solo orientaban y no dictaban, y el diálogo interno no dirigía, acompañaba.
Entendí que no era responsable de lo que pasaba ni de todo lo tortuoso que llegó a ser todo el camino hasta noviembre, nuestro encuentro, pero también entendí que incluso desde ese día nada seguía en mis manos, incluso mis palabras. Solo sabía algo que, por más inconcluso que suene, lo único que tenía en mis manos era lo que teníamos: el desencuentro, el desajuste, la "des-resonancia" que aparecía cuando bajabas las defensas y te mostrabas, aunque me escudara con un apoya manos. Nada de eso hubiera pasado si, y solo si, no le hubiese corrido todo el tiempo a lo inevitable: ser humano y no un rol.
Gracias por irte sin esperar el alta.
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